Por Stephen Corry, abril de 2019. Este artículo fue publicado originalmente en inglés en The Elephant.

 

Si abandonáramos esta jungla, difícilmente podría sobrevivir. Hay bosque y agua porque estamos nosotros aquí. Si nos fuéramos, volved al cabo de un tiempo y mirad, ya no quedará nada.
Miembro de la tribu baiga, India

El conocido ambientalista Robert Goodland fue un temprano formulador de la advertencia de que si se tala un pedazo de la Amazonia, quedará destruido para siempre. Explicó que la selva tropical se halla sobre un suelo extremadamente pobre y crece en gran medida gracias a sus propios detritos. Cuando se talan áreas muy amplias, los árboles ya no pueden volver a crecer porque no producen la vegetación húmeda y en descomposición que se requiere para que se regenere el bosque.

La ciencia ha llegado a la conclusión ahora que este suelo sumamente fértil no es un fenómeno “natural”, sino fruto de la actividad humana, de innumerables generaciones de mujeres y hombres indígenas que han ido vertiendo alimentos y residuos y enriqueciendo el suelo de otras maneras.

Cuando comencé a trabajar por los derechos de los pueblos indígenas, hace casi 50 años, me remití a menudo a la obra de Goodland:

“Pasa RaceAmazonia, destruyendo no solo a sus habitantes indígenas, sino de paso también buena parte del resto del mundo, porque el aumento resultante del carbono en la atmósfera aceleraría el cambio climático (como acabaría llamándose finalmente), elevaría el nivel del mar y sumergiría en sus aguas ciudades como Londres, Nueva York y San Francisco.”

Goodland tenía razón en general, pero omitió un aspecto de un hilo crucial de la compleja red que conecta todo lo vivo: los humanos prehistóricos. Misteriosamente, en la Amazonia hay algunas zonas con rico humus llamadas “tierra negra”. Pese a que los científicos occidentales han comenzado a estudiar este fenómeno en fecha bastante reciente, la tierra negra se conoce desde alrededor de un par de siglos por lo menos. Después de la guerra civil estadounidense, incluso sirvió para tentar a los confederados a emigrar a Brasil, donde la esclavitud todavía era legal.

La ciencia ha averiguado ahora que este suelo sumamente fértil no es un fenómeno “natural”, sino fruto de la actividad humana, de innumerables generaciones de mujeres y hombres indígenas que han ido vertiendo alimentos y residuos y enriqueciendo el suelo de otras maneras. Mucha gente se ha sorprendido de que los habitantes precolombinos de la Amazonia hubieran tenido un impacto tan grande en su medioambiente.

Los primeros exploradores europeos informaban de que habían visto ciudades de miles de habitantes y “buenas carreteras” a lo largo de los ríos por los que descendieron. Esto fue desechado normalmente como invención del siglo XVI, pero los científicos reconocen por fin que la presencia humana en la Amazonia estaba muy extendida, habiendo comenzado diez milenios antes o más y sumando una población de tal vez cinco o seis millones. Cuando llegaron los españoles, la mayoría de áreas habían sido despejadas por lo menos una vez, dejando intacto el bosque circundante y evitando de este modo el colapso total anunciado por Goodland. Tampoco esta presencia se ceñía a los grandes ríos; imágenes de satélite, respaldadas por la arqueología tradicional, revelan ahora la existencia de una amplia población prehistórica incluso en el interior de la selva.

Resulta que la Amazonia no se ajusta en modo alguno a la imagen que los europeos han proyectado de ella en los últimos siglos. No ha sido nunca una “selva virgen” poblada por poca gente que apenas dejaba huella en el paisaje, al menos no desde hacía miles de años. Al contrario, el ecosistema ha sido configurado –en realidad, creado– por comunidades que adaptaron su entorno a su gusto.

Estos “indígenas” ancestrales cazaban cientos de animales y aves y sin duda domesticaron a algunos. Utilizaban miles de plantas para alimentarse y curar enfermedades, para sus rituales y con fines religiosos, para fabricar instrumentos de caza y pesca y preparar venenos, adornos, ropa y materiales de construcción. Algunas las cultivaban cerca de sus viviendas y plantaban otras a lo largo de senderos de caza y de pesca distantes. Propagaban semillas y esquejes, llevándolos de un sitio a otro.

Cambiaron significativamente la flora, no solo trasladando plantas –sus ancestros, por ejemplo, bien pudieron traer nada menos que de África la calabaza–, sino también modificándolas mediante la cría selectiva. La ciencia ha contado hasta ahora 83 especies vegetales distintas que fueron modificadas por los pobladores de la Amazonia, y la región está reconocida actualmente como un importante centro mundial de domesticación prehistórica de cultivos.

Los europeos trajeron la catástrofe a la selva tropical amazónica en el siglo XVI. En apenas dos o tres generaciones a partir del primer contacto, probablemente más del 90 % de la población indígena murió a causa de la violencia ejercida contra ella y de las nuevas enfermedades contra las que no estaba inmunizada.

Una manera fácil y natural de mejorar las plantas consistía en utilizar únicamente semillas de los árboles que producen los frutos más grandes y guardar algunas para fines de reproducción, pero otras modificaciones iban mucho más lejos. Por ejemplo, la mandioca, el alimento más común, apenas sobrevive sin la intervención humana. Una típica tribu amazónica reconoce bastante más de cien variedades distintas de esta especie (y no necesita saber escribir para recordarlas). Actualmente es uno de los principales alimentos que hay en el mundo, pues nutre a unos 500 millones de personas en todas las zonas tropicales y más allá, aunque produce muy pocas semillas viables. La mandioca suele sobrevivir y propagarse tan solo si alguien planta sus esquejes. Al igual que otras plantas completamente domesticadas, se trata de una “invención” humana.

Los europeos trajeron la catástrofe a la selva tropical amazónica en el siglo XVI. En apenas dos o tres generaciones a partir del primer contacto, probablemente más del 90 % de la población indígena murió a causa de la violencia ejercida contra ella y de las nuevas enfermedades contra las que no estaba inmunizada. Proporcionalmente, fue uno de los mayores genocidios conocidos del último milenio, aunque la mayoría de las personas no han oído hablar de él. A pesar de todo, el exterminio no fue total: algunos indígenas sobrevivieron tanto a las epidemias como a la violencia colonial subsiguiente, que sigue ejerciéndose en nuestros días.

Otros se salvaron de la enfermedad y de la matanza alejándose de las orillas de los grandes ríos. Bastante más de un centenar de estas “tribus no contactadas” han sobrevivido. Salvo en los casos en que les han robado sus tierras, los indígenas amazónicos –que ahora suman más de un millón de personas– siguen disfrutando de su propio entorno creado por la mano humana, y no de una inventada “selva virgen”. No viven como lo hacían sus ancestros (nadie lo hace, ni siquiera las tribus no contactadas), pero muchos parecen haber conservado algunos de los mismos valores.

La investigación científica revela que prácticamente dondequiera que miremos, la superficie sólida de nuestro planeta ha sido modificada por humanos durante miles de años, si no más. Pese a que no es esto lo que suele enseñarse en las escuelas, es realmente poco más que de sentido común. Al igual que en la cuenca del Amazonas, los pueblos prehistóricos habrán favorecido naturalmente las plantas alimenticias de más rendimiento siempre que pudieron, y las habrán transportado de un lugar a otro. El cazador-recolector “prístino” que prácticamente no deja huella en el medioambiente es un mito, tanto como la “selva virgen intacta”.

En ningún lugar es tan evidente la transformación del paisaje como en Australia, donde actualmente ponen patas arriba la narrativa aceptada durante mucho tiempo. Los aborígenes viven en Australia desde hace por lo menos 65.000 años, o tal vez desde hace el doble de tiempo (lo que cuestionaría las teorías al uso sobre el “origen africano”). Estaban allí mucho antes de que nuestra especie apareciera en América o en Europa. Al igual que los indígenas de la Amazonia, también ellos han sido descritos tradicionalmente como pequeñas bandas de “cazadores-recolectores” que prácticamente no dejaban huella en las “tierras vírgenes”.

Resulta que, al igual que en la Amazonia, esto tampoco es cierto en el caso de Australia. Los primeros exploradores británicos contaron que habían visto amplias zonas que les recordaban a fincas inglesas. Había praderas cultivadas, libres de maleza, pero salpicados de arboledas que suministraban frutos comestibles y daban sombra. Actualmente se piensa que cosechaban unos 140 tipos de pasto diferentes. Un topógrafo señaló que “el páramo adquiría el agradable aspecto de un campo de heno… encontramos pajares o almiares a lo largo de millas”. Registró cómo los aborígenes preparaban “una especie de pasta o pan” y se han encontrado piedras de moler de unos 30.000 años de antigüedad. Esto es bastante más del doble de antiguo que el supuesto “descubrimiento de la agricultura” por parte de la humanidad en Mesopotamia.

Los aborígenes conservaban y almacenaban alimentos como tubérculos, granos, pescado, carne de caza, frutas, orugas, insectos y muchas cosas más. Las cosechas de granos y las capturas de insectos comestibles congregaban a mucha gente, sin duda para comerciar, realizar ceremonias y rituales, entablar nuevas relaciones y forjar nuevas alianzas.

Los europeos también informaron de haber hallado canteras cerca de las aldeas y poblados de numerosas casas de piedra. Se conoce una que pudo haber permitido construir viviendas para unas 10.000 personas. También encontraron diques, sistemas de regadío, pozos, lagunas artificiales –que se llenaban al trasladar peces de una a otra– y trampas de pesca, que bien podrían ser las primeras estructuras humanas encontradas hasta ahora en el planeta. Un equipo de arqueólogos cree que tienen por lo menos 40.000 años de antigüedad.

Los aborígenes conservaban y almacenaban alimentos como tubérculos, granos, pescado, carne de caza, frutas, orugas, insectos y muchas cosas más. Las cosechas de granos y las capturas de insectos comestibles congregaban a mucha gente, sin duda para comerciar, realizar ceremonias y rituales, entablar nuevas relaciones y forjar nuevas alianzas.

El hacha de filo afilado más antigua hallada hasta ahora viene de Australia y data de por lo menos hace 46.000 años, pero al margen de si tenían esta clase de herramientas o “descubrieron” la agricultura antes que otros, ahora parece claro que los aborígenes de Australia estuvieron cambiando el paisaje al menos tanto como cualesquiera otros pueblos de todo el mundo.

Al igual que en la Amazonia, los recién llegados europeos destruyeron rápidamente todo esto. En muchas zonas importaron ovejas, que acabaron con la cubierta vegetal en pocos años. La condensación nocturna se volvió menos húmeda, el suelo se endureció y dejó de absorber gran cantidad del agua de lluvia, que fluyó a los ríos, que a su vez se desbordaron y arrastraron la capa superior del suelo. El resultado fue completamente opuesto a la convicción de los colonos de que estaban introduciendo un uso de la tierra racional y productivo. Ocurrió más bien que la fertilidad de la tierra, que había sido cuidada con esmero durante innumerables generaciones, sucumbió a la erosión en el lapso de una vida humana. Los colonizadores no habían entendido nada de lo que habían hallado en Australia.

En todas las escuelas australianas debería colgar un mapa singular que muestra la extensión del territorio continental que antaño estaba cubierto de plantas del granero del mundo aborigen en comparación con su reducido tamaño actual. Revela la magnitud extraordinaria de la pérdida ecológica que provocó el intento de destrucción de la Australia aborigen.

En algunas zonas costeras australianas se han observado orcas y delfines que aparentemente operaban en tándem con los humanos. Empujaban a otras ballenas y peces hacia la orilla, donde era más fácil capturarlos, quedándose los humanos y los delfines con su parte respectiva. Esta sorprendente colaboración la registraron varios de los primeros exploradores , pero que yo sepa no se ha constatado en ninguna otra parte del mundo.

Es muy probable, sin embargo, que nuestros ancestros en numerosos lugares vivieran durante mucho tiempo en una simbiosis beneficiosa con animales, incluidos animales “salvajes”, del mismo modo que lo hacen algunos pueblos indígenas actualmente. Por ejemplo, los hadzas en Tanzania saben dónde hay miel gracias a que se comunican silbando con una especie de ave que, aun siendo salvaje, aprendió a guiar al buscador al árbol adecuado.

Es muy probable, sin embargo, que nuestros ancestros en numerosos lugares vivieran durante mucho tiempo en una simbiosis beneficiosa con animales, incluidos animales “salvajes”, del mismo modo que lo hacen algunos pueblos indígenas actualmente. Por ejemplo, los hadzas en Tanzania saben dónde hay miel gracias a que se comunican silbando con una especie de ave que, aun siendo salvaje, aprendió a guiar al buscador al árbol adecuado. El hombre se sube hasta el enjambre y ahuyenta a las abejas con humo. Los insectos, aturdidos, se centran en recoger miel suficiente para trasladarse a otro lugar, y por eso no atacan. El cazador se hace con el panal mientras que el pájaro, más pequeño que un mirlo, espera pacientemente para recibir su parte. Tanto su nombre común como su nombre científico reconocen esta labor: guía de miel mayor (indicator indicator).

Nadie podrá saber jamás cuánto tiempo hace que comenzó esta sublime relación. Sabemos con certeza, sin embargo, que otros animales no solo han sido trasladados deliberadamente a grandes distancias, sino también que, como las plantas, han sido convertidos en una especie distinta. Por ejemplo, los ancestros europeos criaron perros a partir de los lobos por lo menos hace 15.000 años, probablemente hace más del doble de esta cifra (pese a que los perros actuales no parecen haber descendido directamente de los primeros especímenes hallados hasta ahora).

Los perros amplían el área y la capacidad de caza de los humanos, alterando inevitablemente el equilibrio de predadores y modificando de este modo, a su vez, otras especies de fauna y flora. El proceso es simple: si la gente caza más jabalíes, pongamos por caso, gracias a que tiene perros, entonces crecerán más las plantas que suelen comer los jabalíes. Esto de por sí ya cambiará la flora, pese a que los europeos no lo percibirán, pues para ellos todos los paisajes son “vírgenes” a menos que sean cultivados al estilo europeo.

Su error radica en la creencia pertinaz, aunque totalmente equivocada, en el llamado descubrimiento de la agricultura. A pesar de ello, se repite continuamente como un artículo de fe. Aquello no sucedió en Oriente Medio hace unos 12.000 años y no dio lugar a una mejora sustancial de la calidad de vida. (De hecho, ahora se piensa que el aumento resultante del sedentarismo y de la transmisión de enfermedades de los animales a los humanos dio pie a un fuerte incremento del sufrimiento humanos. Las ficciones surgieron a comienzos del siglo XX, cuando el “racismo científico” era ampliamente aceptado en el norte de Europa y de América.

Los mitos se entrelazan: los arqueólogos se vieron como descendientes de los primeros agricultores, y estaban convencidos de que eran responsables de la civilización más avanzada de la Tierra. Creían que Europa había avanzado mientras que las demás (supuestas) “razas” se quedaron rezagadas.

Resulta que la fantasía verdaderamente hiriente es una invención de este “hombre blanco superior”, más que de cualquier “buen salvaje”. Lo cierto es que los humanos ya domaban, domesticaban y trasladaban plantas y animales mucho antes de que empezaran a proliferar los cultivos de cereales en alguna imaginada “cuna de la civilización”.

 

11 de abril, 2019