ONG de conservación de la naturaleza explotan la COVID-19 para reclamar más áreas protegidas, que de hecho empeorarían las pandemias.

 

A pesar de que no hay conexión conocida entre la COVID-19 y la caza de subsistencia o la deforestación, ONG de la conservación de la naturaleza citan ahora la pandemia para insistir tanto en la prohibición del consumo de animales silvestres como en la creación de más “Áreas Protegidas” (AP). Quieren doblar su número y se centrarán en lugares que consideran “salvajes”.

El problema con estas AP en África y Asia es que acaparan las altamente biodiversas tierras de pueblos indígenas y otras poblaciones locales y les prohíben su uso. Esta es la forma en que los parques nacionales se crearon por primera vez durante la década de 1860 en EE.UU. y se conoce como “conservación fortaleza” (cercar la tierra y evitar que las poblaciones locales hagan uso de ella).

Los conservacionistas de la naturaleza quieren que el 30% de los entornos naturales se encuentren dentro de AP. Si esto se permite, es mucho más probable que las pandemias empeoren en lugar de mejorar. La razón es que esto amenaza con  expropiar las tierras a decenas de millones de personas, que los forzará a abandonar su autosuficiencia como cazadores, pastores o agricultores de subsistencia, y dejarán pocas opciones a quienes sobrevivan más que migrar a barriadas urbanas marginales y volverse dependientes de la comida de producción masiva. Todo pese a que tanto la superpoblación urbana como la producción industrial de alimentos han contribuido claramente a la evolución y expansión de nuevas enfermedades contagiosas y otras, como la “enfermedad de las vacas locas”, con origen en la producción alimenticia.

La “conservación fortaleza” es una ideología ecofascista, que inicialmente incorporaba “racismo científico” y eugenesia, en que las personas que conforman las élites (normalmente “blancas” y/o ricas) son percibidas como más importantes que otras consideradas una amenaza para la “naturaleza” y cuya población debe por tanto ser reducida o sus formas de vida alteradas a la fuerza. En realidad, se trata de la misma élite con la mayor responsabilidad por el consumo excesivo que supone la mayor amenaza a la naturaleza: la crisis climática y la pérdida de biodiversidad. La “conservación fortaleza” destruye vidas.

La imposición de la industrialización en zonas rurales y la deforestación tienen que parar, tanto para la conservación de la biodiversidad como para reducir el caos climático, pero esto se consigue mejor si se garantizan los derechos territoriales indígenas. Estos pueblos son los mejores conservacionistas de todos.

No hay evidencia de que el cercado de más áreas protegidas o el prohibir a personas pobres la caza para alimentar a sus familias vaya a reducir las pandemia.